
A las cuatro y media de la mañana en punto suena la alarma, pero ya hacía rato que estaba despierto por los gritos y movimientos ruidosos de nuestros vecinos chinos que supongo también estaban preparándose para salir (lastimosamente y como siempre, sin mucha preocupación por la comodidad de los demás). Abrir el thermo, sentir el agua hirviendo, preparar el té, lavarse la cara, vestirse, ponerse el equipo de invierno, y estar listo en menos de 5 minutos es ya costumbre. Abrir la puerta y sentir el viento helado que se te cala en los huesos, pero para variar, sientes que el aire está liviano, puro, no denso y contaminado como en las capitales... A oscuras y como podemos seguimos el rastro del camino que nos separa del mirador del Mar del Norte. Pero la dificultad y la sensación de estar perdidos y a oscuras no estuvo por mucho tiempo, puesto que al rato llegó un cauce enorme de personas con linternas que seguían la misma dirección en la que iba... Mejor dicho, la brillantísima idea de madrugar y ver el mar de nubes no era tan original como pensaba pues todo el mundo y su madre parecía estar en el mismo camino.

Con el amanecer ya inminente, y sin perder todavía el ánimo, seguimos más arriba aún, esperando tal vez que los turistas chinos también les de pereza seguir. Luego de unos minutos andando por un bosque que jugaba al claroscuro llegamos al último mirador. Por los ruidos que venían de allá, la esperanza de un lugar de paz y tranquilidad se esfumó en poco tiempo. Claro, nuevamente el lugar estaba repleto... De donde sale tanta gente? Juro que ayer no se veía toda esa cantidad de personas! Pero en fín, como se pudo nos acomodamos todos para poder ver el amanecer que ya venía. La espera se acortaba, y sin previo aviso un rayito salió en el horizonte. Algunos gritaron de felicidad (literalmente). Pocos segundos después se fue haciendo más y más grande y el sol empezó a hacer su aparición triunfal. Por un par de minutos no se oía nada, todos estaban totalmente absortos en el momento, en ese fragmento de infinito que nos era regalado en ese instante...

Y bueno, pasaron esos instantes y nuevamente el tiempo parecía que empezaba a moverse para todos. Los empujones, los clicks maníacos de las cámaras, que muévete para la derecha que no quedas en la foto, que tirar piedras y basuras al mar de nubes para ver si se mueven. Bienvenidos señores, la vida vuelve como antes.
Después de ese amanecer, el día completo fué como en un estdo de leve sopor, como de una placentera anestesia. Terminamos de hacer el trekking en un estupendo día, bajando por las escaleras occidentales, que como conclusión nos despidió con fabulosas escenas de geografías imposibles.
Finalmente, cansado, con las rodillas destrozadas pero increiblemente feliz, deshicimos los pasos y embarcamos en el tren de vuelta con las imágenes idílicas de Huang Shan todavía en mi mente.
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