El bus salió rápido a través de las curveadas carreteras de las afueras de Cusco. Era una carretera pavimentada de un carril, pero por el que por arte de magia (o habilidad de los conductores) podían caber un carro de ida y otro de venida. Casas de adobe cocido con llamas (el animal) y gallinas era el patrón arquitectónico de la vía. Niños corriendo y jugando, y una soledad en las vías me impresionaron bastante.
Finalmente, luego de llegar a la cima de las montañas, empezamos el descenso hacia el Valle Sagrado. La vista realmente era espectacular, se veía el río Vilcanota (más adelante se convertiría en el Urubamba) serpenteando, cercado imponentemente por dos cordilleras altas de montañas. Dicen que el imperio Inca tenía tan desarrollada la agricultura, que en las cordilleras buscaban la mejor altura y condiciones climáticas para producir el maíz perfecto, más grande y más alimenticio para su gente. Y las impresionantes terrazas con avanzados sistemas de riego que estaban por todas las montañas daban fé de ésto. Paramos en Pisac, donde subimos a las ruinas arqueológicas llena de construcciones semidestruídas que daban una noción de la vida de los Incas, y apenas me hacían imaginar como sería el Machu Picchu. La vista del valle sagrado, desde Pisac era verdaderamente hermosa. De vuelta a la ciudad como tal, una breve visita a los mercados tradicionales que en realidad no es que hubiera mucha variedad. La mayoría de piezas se pueden ver en mercados de otros lugares del Perú, o Ecuador, o hasta de mi natal Colombia. Pero eso sí los precios, después de regatear un poco, si son bastante más razonables.
En el viaje conocí bastante gente, alguna que iría también al Machu Picchu. Estaba John, un peruano que también se había escapado del trabajo para aprovechar y conocer éste tesoro de su pais. Eduardo y Ofir, compatriotas que no estaban semi-embalados porque no tenían soles pero tenían pesos colombianos, así que se les apareció la virgen conmigo porque era el único Colombiano que les podía hacer un cambio justo. Rafael, un andalú conociendo las tierras de su novia, otra peruana. Y Carolina y Liliana, dos chicas chilenas que conocí mientras hacíamos poses medio payasas en uno de los recintos sagrados de Ollantaytambo.
Eventualmente, logramos abordar el vagón correspondiente que nos llevaría a Aguascalientes, en eso de tres horas. Luego de una siesta interrumpida por las carcajadas de unos franceses que se tomaban fotos cada cien metros, el tren disminuyó su marcha y finalmente llegamos a Aguascalientes. El día había sido intenso y largo, y de Aguascalientes mi primera impresión fue un sonido bastante fuerte de un río en movimiento, y la avalancha humana de personas que querían que te hospedaras en su hostal o tuvieras su excursión. Como no tenía ninguna reserva ni idea donde quedarme, seguí a mis compatriotas al sitio donde ellos se quedaron, y tuve una habitación para mi solito con baño caliente por algo asi como S./25,oo, incluyendo el desayuno.
No me pareció nada, nada mal. Y bueno, a dormir porque mañana nos levantaríamos a las cinco de la mañana para tomar el primer bus a Machu Picchu.
No hay comentarios:
Publicar un comentario