Que buena antesala para subir al Machu Picchu! Sin perder más tiempo, salí a comprar los tiquetes de entrada de la ciudadela, y también de los buses que hacen el ascenso. Y luego de hacer una pequeña fila para montar en el bus (eran algo así como las 6.30am) comenzamos el recorrido en zig zag que nos subiría a la cima de la montaña del Machu Picchu. Resulta que ésta zigzageante carretera, es llamada Hiram Bingham. Ah! Igual que el tren de lujo que llevaba a la creme de la creme desde Cusco a Aguas Calientes en primerísima clase! Claro, Hiram Bingham, es el tren de ultra lujo que lleva a los turistas por unos casi quinientos dólares per capita. Pero aparte de eso, Hiram Bingham fue el orgulloso y brillante descubridor norteamericano del Machu Picchu! Un momento... si nos alejamos de las enciclopedias famosas, y escuchamos mejor la historia de las crónicas orales de los locales, aprendemos que Hiram Bingham ni siquiera sabía la existencia de Machu Picchu.
De hecho, el mientras buscaba ruinas recientes del imperio Inca, escuchó decir a unos nativos de la zona que habían unas ruinas maravilosas perdidas en lo alto de unas montañas, devoradas por la selva y el olvido. Y don Hiram Bingham, ni corto ni perezoso, llamó a un hacendado local llamado Melchor Arteaga, y juntos fueron a buscar la ciudad secreta. Luego de unos días de búsqueda, encontraron las viviendas de unas familias de indígenas, de apellidos Recharte y Álvarez, donde se hospedaron y comieron un poco. Ellos, les informaron que a la vuelta de la esquina, habían ruinas, terrazas y muros. Les contaron a los exploradores, que ellos estaban usando algunas de esas terrazas para la agricultura, y el agua que bebían salía de un canal que sus antepasados habían construído. Y pues bién, efectivamente el Sr. Bingham dió la vuelta y quedó maravillado con la fantástica ciudad que veía por primera vez, así estuviese medio sepultada por la selva. Y bueno, de ahí el cuento es mas o menos el mismo cuento que suele pasar con los exploradores extranjeros que visitan un pais. Se llevan la mitad de las cosas oficialmente como medio de estudio, y la otra mitad se pierde. Y te pone a pensar el hecho que no exista un ferrocarril de lujo llamado Tren Melchor Arteaga, ni que tampoco exista una carretera llamada Vía Álvarez y Recharte.
De un momento a otro, pude ver la ciudadela abajo, y detrás el Wayna Picchu, montando su guardia perpetua y silenciosa sobre la ciudad mítica. El viento soplaba, y juro que en ese instante, todos los visitantes estaban sintiendo algo parecido porque ya no se escuchaba ningún ruido. En ese justo momento, ninguna cámara hizo "click", nadie posó, ni hizo comentarios "inteligentes". Creo que todos compartimos uno de los instantes más sublimes y sobrecogedores, y muy seguramente pasará mucho tiempo antes que lleguemos a olvidar ese momento. Y bueno, pasado ese justo instante, ahi si comenzó el carnaval de las fotos, del movimiento, de turistas perdidos buscando su guía, de turistas avispados buscando el guía de otros para hacer parte de ese grupo (no era yo!!), de gente persiguiendo las llamas y las alpacas que pastaban tranquilamente en las laderas.
Con cerca de doscientas construcciones, y una cantidad incontable de muros y terrazas para la agricultura y estudios de agronomía, el Machu Picchu es una maravilla arqueológica sin ninguna duda. Llena de templos, lugares de estudio, industrias y viviendas, la ciudad está organizada por secciones o áreas, cada una dedicada a un fin particular. Y es impecablemente construída, puesto que cada una de sus piedras es diferente a la otra, y fue tallada y labrada a mano, para que todas encajaran como un rompecabezas perfecto. Había un sistema de acueducto totalmente funcional, aún en la actualidad. Y no se llegó a usar ni cemento, cal ni aguamasa. Y sin embargo, todos los muros parecían sólidos y sin una sola rajadura por la cual poder meter un cuchillo.
Esa mañana, recorrí completamente la ciudadela del Machu Picchu. Y en la tarde, subimos hacia el Wayna Picchu, que es la montaña que se ve detrás del Machu Picchu en prácticamente todas las fotos de postales. La subida es algo escarpada y difícil, y tarda cerca de una hora. Pero una vez al otro lado, en la cima del peñasco más alto del Wayna, el silencio y la vista de la ciudad sagrada enmarcada por el Urubamba 500 metros más abajo se quedan grabados en tus recuerdos para nunca, nunca más abandonarte.
Quisiera haberme quedado en ese instante mucho, mucho más tiempo. Pero empezó a llover fuertemente y una tormenta eléctrica parecía acercarse. Y uno de los locales, que actuaba como vigilante, empezó a irse y me contó que en ese mismo lugar donde estaba yo, hacía casi un mes, un Europeo había muerto en una tormenta eléctrica como la que estaba viniendo, víctima de un mortal rayo. Y como dicen, al pueblo que fueres, haz lo que vieres... Como el vigilante se estaba yendo a buscar cobijo, pues igual yo me devolví a la ciudad sagrada nuevamente.
Fue uno de los días más enriquecedores y de los cuales tendré más recuerdos. Y así, con una historia nueva, unos zapatos bastante sucios, y un saco empapado, bajé a Aguas Calientes en compañía de la gente que había conocido y estaba igualmente maravillada. Y una vez en Aguas Calientes, nos dirijimos a sus famosas aguas calientes que son las que le pusieron el nombre. Finalizamos el día sumergidos en una piscina de aguas termales naturales, cambiando historias y apreciaciones sobre un día que seguramente será difícil de olvidar.